• Los Apoyos – Joel Rosier Del aguila

    El papel de los apoyos

    La autonomía personal constituye un eje central en el trabajo con personas en situación de dependencia o vulnerabilidad. Hablar de autonomía no implica ausencia total de ayuda, sino la capacidad de la persona para tomar decisiones sobre su propia vida y participar activamente en su entorno, contando con los recursos y apoyos necesarios para ello.

    Esta perspectiva resulta coherente con un modelo de intervención centrado en la persona, en el que no se actúa únicamente sobre la carencia, sino sobre el potencial de desarrollo. La autonomía no es un estado fijo, sino una realidad dinámica que puede aumentar o disminuir en función de las condiciones personales, sociales y ambientales.

    Los apoyos se definen como el conjunto de recursos técnicos, personales, materiales y estratégicos que se activan para que una persona pueda realizar actividades de la vida diaria, participar en su comunidad y ejercer sus derechos como ciudadano. Los apoyos actúan como facilitadores que permiten compensar dificultades y potenciar la independencia. Desde esta óptica, los apoyos se convierten en una herramienta fundamental para evitar la cronificación de la dependencia y favorecer una vida lo más autónoma posible.

    Los apoyos deben ajustarse a las necesidades concretas de cada persona. No todas las personas requieren el mismo tipo ni la misma intensidad de apoyo, y tampoco lo necesitan durante el mismo periodo de tiempo. Por ello, se distinguen diferentes niveles de aplicación de los apoyos, que permiten una intervención flexible y personalizada.

    El apoyo intermitente se caracteriza por ofrecerse de forma puntual, cuando surge una necesidad concreta. Este tipo de apoyo es habitual en situaciones en las que la persona mantiene un alto grado de autonomía, pero precisa ayuda en momentos específicos. Un ejemplo sería la orientación ocasional para el uso de un producto de apoyo o la supervisión puntual ante un cambio en la situación personal.

    El apoyo limitado implica una intervención continuada, aunque restringida en el tiempo. Suele utilizarse en procesos de recuperación, adaptación o aprendizaje, en los que se prevé que la persona, tras un periodo de acompañamiento, pueda desenvolverse con mayor independencia. En este caso, el apoyo actúa como un andamiaje temporal que facilita la adquisición de habilidades.

    El apoyo extenso se aplica de forma regular y sostenida, sin una limitación temporal clara. Está indicado cuando la persona necesita ayuda constante para mantener su nivel de autonomía, aunque no de manera intensiva en todos los ámbitos de su vida. Este tipo de apoyo es frecuente en personas con limitaciones funcionales estables que requieren seguimiento y acompañamiento continuado.

    El apoyo generalizado supone una intervención intensa y permanente, presente en varios contextos de la vida de la persona. Se aplica cuando las necesidades de apoyo son elevadas y afectan a múltiples áreas, como el autocuidado, la movilidad, la comunicación o la participación social. En estos casos, el objetivo no es eliminar la ayuda, sino garantizar que esta se preste de forma adecuada, respetuosa y orientada a la calidad de vida.

    Al proporcionar apoyos adecuados de forma temprana, se pueden evitar o retrasar situaciones de mayor dependencia. La promoción de hábitos de vida saludables, la mejora del acceso a los sistemas de atención y el tratamiento precoz de enfermedades crónicas se presentan como estrategias complementarias que refuerzan la autonomía personal y reducen el impacto de la dependencia en la vida cotidiana. La ampliación del concepto de apoyos a otros colectivos resulta pertinente cuando se aborda la intervención social desde una perspectiva preventiva. Personas mayores, personas con enfermedad mental, menores en situación de riesgo social o personas en procesos de exclusión pueden beneficiarse de apoyos adaptados a sus necesidades.


    Desde mi experiencia como integrador social, considero que los apoyos son una de las herramientas más potentes para promover la autonomía personal. He podido comprobar que una intervención ajustada, basada en apoyos adecuados y consensuados con la persona, genera cambios significativos en su calidad de vida. No se trata únicamente de ofrecer recursos, sino de acompañar procesos, respetar ritmos y reconocer a la persona como protagonista de su propio proyecto vital.

  • Modificación de conductas – Joel Rosier Del aguila

    Este trabajo se apoya principalmente en el enfoque cognitivo-conductual y en la teoría del aprendizaje, que consideran que muchas conductas son aprendidas y, por tanto, pueden modificarse mediante intervenciones sistemáticas. A lo largo del documento se abordarán los principales procedimientos de perfeccionamiento, adquisición y eliminación de conductas, explicando su utilidad práctica en contextos de intervención social.

    Perfeccionamiento y mantenimiento de conductas

    El perfeccionamiento de conductas hace referencia al conjunto de técnicas destinadas a aumentar la frecuencia, duración o calidad de una conducta adecuada. Estas técnicas se utilizan para consolidar aprendizajes positivos y favorecer conductas socialmente adaptativas.

    Refuerzo positivo

    El refuerzo positivo consiste en presentar un estímulo agradable inmediatamente después de que se produzca una conducta, con el objetivo de aumentar la probabilidad de que dicha conducta vuelva a repetirse.

    En integración social, el refuerzo positivo es una de las herramientas más eficaces, ya que fomenta la motivación, la autoestima y el sentimiento de competencia personal. Los reforzadores pueden ser materiales (un objeto), sociales (elogios, reconocimiento) o de actividad (realizar una actividad agradable).

    Ejemplo: felicitar verbalmente a un menor cuando respeta los turnos de palabra en una actividad grupal.

    Refuerzo negativo

    El refuerzo negativo consiste en retirar o evitar un estímulo desagradable cuando la persona realiza una conducta adecuada, aumentando así la probabilidad de que esta se repita. A diferencia del castigo, el objetivo no es sancionar, sino reforzar una conducta positiva.

    En contextos sociales y educativos, se utiliza con cautela para evitar generar malestar excesivo, priorizando siempre el refuerzo positivo.

    Ejemplo: retirar una tarea poco agradable cuando la persona completa correctamente una actividad propuesta.

    Control de estímulos

    El control de estímulos se refiere a la relación entre una conducta y las señales del entorno que indican cuándo es apropiado realizarla. Una conducta está bajo control de estímulos cuando se produce en presencia de determinados estímulos y no en otros.

    En integración social, estructurar el entorno (horarios claros, normas visibles, espacios definidos) facilita la aparición de conductas adecuadas y reduce la incertidumbre.

    Ejemplo: colocar señales visuales que indiquen normas de comportamiento en un aula o centro social.


    Adquisición de conductas

    La adquisición de conductas implica enseñar habilidades nuevas que la persona no posee o no ha desarrollado suficientemente. Estas habilidades pueden ser sociales, académicas, laborales o de autonomía personal.

     

    Moldeado

    El moldeado consiste en reforzar aproximaciones sucesivas a la conducta final deseada. Se utiliza cuando la conducta objetivo es compleja y no aparece de forma espontánea.

    Este procedimiento es especialmente útil en personas con dificultades de aprendizaje, discapacidad o problemas de adaptación social.

    Ejemplo: reforzar cada pequeño avance en el aprendizaje de habilidades de autocuidado, como vestirse de manera autónoma.

    Modelado

    El modelado se basa en el aprendizaje por observación. La persona aprende una conducta observando cómo otra la realiza correctamente. El modelo puede ser un profesional, un compañero o una figura significativa.

    En integración social, el modelado favorece la adquisición de habilidades sociales y normas de convivencia.

    Ejemplo: un educador muestra cómo resolver un conflicto de forma dialogada para que el grupo lo imite.

    Encadenamiento

    El encadenamiento consiste en descomponer una conducta compleja en una secuencia de pasos más simples, que se enseñan de forma progresiva hasta completar la conducta final.

    Es muy utilizado en el entrenamiento en actividades de la vida diaria y en la inserción sociolaboral.

    Ejemplo: enseñar los pasos necesarios para preparar una comida sencilla, uno a uno.


    Eliminación o reducción de conductas

    La eliminación de conductas se refiere a los procedimientos dirigidos a disminuir o suprimir conductas inadecuadas o desadaptativas. Desde la integración social, estas técnicas deben aplicarse de forma ética, proporcional y siempre acompañadas del refuerzo de conductas alternativas adecuadas.

    Castigo positivo

    El castigo positivo implica la aplicación de un estímulo aversivo tras la aparición de una conducta inadecuada, con el fin de reducir su frecuencia. Su uso debe ser excepcional, ya que puede generar rechazo, miedo o deterioro del vínculo educativo.

    Ejemplo: una reprimenda verbal inmediata ante una conducta peligrosa.

    Castigo negativo

    El castigo negativo consiste en retirar un estímulo agradable después de una conducta inadecuada. Es más recomendable que el castigo positivo, ya que resulta menos intrusivo.

    Ejemplo: retirar temporalmente un privilegio cuando no se respetan las normas.

    Sobrecorrección

    La sobrecorrección implica que la persona repare de forma exagerada las consecuencias de su conducta inadecuada o practique repetidamente la conducta correcta.

    Esta técnica favorece la toma de conciencia y la responsabilidad personal.

    Ejemplo: limpiar no solo lo que se ha ensuciado, sino también una zona más amplia.

    Tiempo fuera o aislamiento

    El tiempo fuera consiste en retirar a la persona de la situación reforzante durante un periodo breve, tras una conducta inadecuada. No debe confundirse con el aislamiento punitivo prolongado.

    Su aplicación debe ser limitada en el tiempo y explicada previamente.

    Ejemplo: apartar momentáneamente a un menor de una actividad grupal tras una conducta disruptiva.

    Conductas incompatibles

    Esta técnica se basa en reforzar una conducta que es incompatible con la conducta problemática, de modo que no puedan darse simultáneamente.

    Ejemplo: reforzar la permanencia sentada y tranquila para reducir conductas de deambulación constante.

    Extinción

    La extinción consiste en retirar los reforzadores que mantienen una conducta inadecuada, provocando que esta disminuya progresivamente.

    Es fundamental identificar correctamente qué está reforzando la conducta para aplicar esta técnica con eficacia.

    Ejemplo: no prestar atención a conductas que buscan llamar la atención, reforzando en cambio conductas adecuadas.

  • La conducta – Joel Rosier Del Aguila

    La conducta constituye un elemento central en las personas. Comprender cómo se origina, cómo se mantiene y de qué manera puede modificarse resulta imprescindible para acompañar a las personas en su desarrollo personal. Desde esta perspectiva, el análisis de los estímulos, los componentes de la conducta y sus diferentes tipologías permite al profesional interpretar las respuestas humanas no como hechos aislados, sino como el resultado de interacciones complejas entre la persona y su entorno (1).

    La conducta puede definirse como un patrón relativamente estable de comportamiento que se manifiesta a lo largo del tiempo. No se trata únicamente de una acción puntual, sino de una forma habitual de responder ante determinadas situaciones. Toda conducta está precedida por uno o varios estímulos, que pueden ser internos o externos. Los estímulos internos proceden del propio organismo y pueden ser de naturaleza fisiológica, como el hambre, el cansancio o el dolor, o psicológica, como la ansiedad, la tristeza o la motivación. Por ejemplo, una persona puede mostrarse irritable debido al cansancio acumulado tras una jornada laboral intensa. En cambio, los estímulos externos provienen del entorno y pueden incluir ruidos, normas sociales, interacciones con otras personas o cambios en el contexto físico, como un aula ruidosa o una situación de conflicto familiar.

    Desde el enfoque cognitivo-conductual, no es el estímulo en sí mismo el que determina la conducta, sino la interpretación que la persona hace de dicho estímulo. Así, ante una crítica externa, una persona puede reaccionar de forma defensiva si interpreta el comentario como un ataque personal, o de forma constructiva si lo percibe como una oportunidad de mejora. Esta interpretación cognitiva condiciona tanto la respuesta emocional como la conducta observable.

    La conducta se compone de tres elementos interrelacionados: el componente conductual, el fisiológico y el cognitivo. El componente conductual hace referencia a la respuesta motora u observable, es decir, lo que la persona hace de manera visible. Por ejemplo, levantar la voz o abandonar una sala. El componente fisiológico incluye las respuestas del organismo, como el aumento del ritmo cardíaco, la tensión muscular o la sudoración. Finalmente, el componente cognitivo engloba los pensamientos, creencias y valoraciones que la persona elabora ante una situación. En un contexto educativo, un alumno que evita participar en clase puede experimentar pensamientos de incapacidad, sensaciones físicas de nerviosismo y una conducta de evitación. La intervención socioeducativa debe tener en cuenta los tres componentes, ya que actuar únicamente sobre la conducta sin modificar los pensamientos subyacentes suele generar cambios poco duraderos.

    Las conductas también pueden clasificarse según sus consecuencias en adecuadas o inadecuadas. Las conductas adecuadas son aquellas que favorecen la adaptación de la persona a su entorno y generan consecuencias positivas tanto a nivel personal como social. Un ejemplo sería pedir ayuda cuando se necesita o respetar los turnos de palabra en una conversación. Por el contrario, las conductas inadecuadas son aquellas que provocan consecuencias negativas, como conflictos, rechazo social o sanciones. Insultar a un compañero o negarse sistemáticamente a cumplir normas básicas son ejemplos de conductas que requieren intervención. Desde la teoría del aprendizaje, estas conductas se mantienen o extinguen en función de las consecuencias que generan, por lo que el uso de refuerzos positivos resulta clave para fomentar comportamientos adaptativos.

    Atendiendo al grado de elaboración de la respuesta, se distinguen conductas estereotipadas, aprendidas y complejas. Las conductas estereotipadas son respuestas automáticas, repetitivas y poco flexibles, que suelen aparecer de forma refleja o mecánica. Un ejemplo sería balancearse de forma repetitiva en situaciones de ansiedad. Las conductas aprendidas, en cambio, se adquieren a través de la experiencia y la repetición, como lavarse las manos antes de comer o respetar un horario. Estas conductas pueden modificarse mediante nuevos aprendizajes. Por último, las conductas complejas implican razonamiento, planificación y toma de decisiones. Resolver un conflicto mediante el diálogo o planificar una actividad diaria son ejemplos de este tipo de conducta. En integración social, trabajar sobre conductas complejas favorece la autonomía y la capacidad de autorregulación de la persona.

    Otra clasificación relevante es la que atiende a la forma de manifestación de la conducta en la interacción social. Las conductas agresivas se caracterizan por la imposición de los propios intereses mediante la violencia física, verbal o psicológica. Por ejemplo, gritar para imponer una opinión o empujar a otra persona. Las conductas pasivas, por el contrario, implican la inhibición de los propios derechos y necesidades, priorizando siempre los de los demás. Un ejemplo sería aceptar decisiones injustas sin expresar desacuerdo. La conducta asertiva representa un punto de equilibrio, ya que permite expresar opiniones, emociones y necesidades de forma clara y respetuosa. Decir “no” sin agresividad o pedir un cambio de manera educada son ejemplos de asertividad. Desde la integración social, el entrenamiento en habilidades asertivas es una herramienta fundamental para mejorar la convivencia y la autoestima.

    Desde un enfoque cognitivo-conductual y basado en la teoría del aprendizaje, la conducta se entiende como un fenómeno aprendido y, por tanto, modificable. A través del refuerzo positivo, el modelado y la reestructuración cognitiva, es posible promover conductas adaptativas y reducir aquellas que generan malestar o exclusión. Este enfoque resulta especialmente útil en contextos de promoción de la autonomía personal, ya que permite a la persona tomar conciencia de sus patrones de conducta y desarrollar estrategias más eficaces para afrontar las demandas del entorno (2).

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  • Grados de dependencia – Joel Rosier Del Aguila

    Grado I — Dependencia moderada (necesidades de apoyo intermitentes o puntuales)

    Qué significa en la vida diaria

    • Una persona con dependencia moderada conserva la mayor parte de sus capacidades para realizar la vida cotidiana, pero presenta dificultades recurrentes en algunas actividades básicas o instrumentales que requieren ayuda puntual.

    • Las dificultades suelen ser parciales: puede necesitar supervisión, recordatorio o apoyo para tareas concretas (por ejemplo, aseo parcial, vestirse cuando hay prendas complicadas, gestión de medicación puntual, ir de compras con supervisión).

    • Suele ser capaz de moverse de forma relativamente autónoma pero puede fatigarse o tener limitaciones ocasionales que requieren ayuda.

    Necesidades típicas y ejemplos

    • Apoyos intermitentes o de baja intensidad: visitas de acompañamiento (por ejemplo, para trámites), supervisión para la toma de medicación, ayuda para actividades domésticas puntuales, apoyo en desplazamientos esporádicos.

    • Ejemplo: una persona mayor con movilidad reducida que necesita ayuda para la compra mensual y para acudir al médico, pero que realiza la higiene y la alimentación de forma independiente la mayor parte del tiempo.

    Implicaciones para la intervención profesional

    • Plan de intervención centrado en la promoción de la autonomía y prevención del deterioro: entrenamiento en estrategias compensatorias, adaptación del hogar (pequeñas medidas), formación en autocuidados y uso de ayudas técnicas sencillas.

    • Trabajo con la red informal: formación breve a familiares sobre supervisión, señales de agravamiento y estrategias de apoyo respetuoso.

    • Intervención educativa y preventiva: diseño de rutinas, calendarios visuales, recordatorios para medicación, sesiones de rehabilitación o fisioterapia de mantenimiento.

    • Monitorización y revisión periódica: controles cada cierto tiempo para detectar empeoramiento y evitar crisis.

    Objetivos profesionales prioritarios

    • Mantener e incrementar la independencia en las AIVD (gestión del hogar, compras, mediar en pagos).

    • Favorecer la continuidad de la vida comunitaria evitando institucionalizaciones prematuras.

    • Fortalecer competencialmente a la persona con intervenciones de “baja intensidad pero frecuentes” en formato grupal o individual.

    Rutas de acceso a prestaciones (ejemplo práctico)

    • Acceso a servicios de ayuda a domicilio de baja intensidad, prestaciones económicas para cuidados puntuales, programas de teleasistencia para vigilancia leve.

    • En el marco normativo, la intervención se orienta a medidas que eviten el avance a grados superiores (1).

    Señales de alarma y cuándo intensificar la intervención

    • Aumento de las caídas, descuido de la higiene, olvidos en medicación, aislamiento progresivo o aparición de problemas de salud no atendidos. En estos casos hay que plantear reevaluación para evitar pasar a Grado II.


    Grado II — Dependencia severa (apoyos frecuentes y programados)

    Qué significa en la vida diaria

    • La persona presenta limitaciones importantes en varias actividades básicas o instrumentales que requieren ayuda regular y planificada, aunque no necesariamente continua.

    • Suele requerir asistencia para la mayoría de ABVD y AIVD: ayuda en el aseo completo, vestir, movilidad dentro del hogar, preparación de comidas o gestión continua de la medicación.

    • La autonomía es parcial: puede conservar capacidad para decidir en ciertos ámbitos, pero necesita apoyos recurrentes para mantener su higiene, seguridad y participación social.

    Necesidades típicas y ejemplos

    • Apoyos diarios o varias veces al día: atención para el baño, ayuda en el traslado (cama-silla), supervisión continua durante gran parte del día, apoyo para la compra y la gestión económica.

    • Ejemplo: una persona con secuelas neurológicas que requiere asistencia para el aseo matinal y vespertino, ayuda para vestirse, preparación de comidas y apoyo para movilizarse dentro de casa, sin precisar apoyo 24 h.

    Implicaciones para la intervención profesional

    • Intervención multidisciplinar más intensa: coordinación entre trabajador social, fisioterapia, terapia ocupacional, enfermería y equipo médico.

    • Diseño de un Plan de Atención Individualizado (PAI) con objetivos concretos, horarios de apoyo y estrategias de rehabilitación funcional.

    • Formación a la red social y familiar para cuidados técnicos (transferencias seguras, manejo de ayudas técnicas) y prevención de sobrecarga.

    • Evaluación de recurso residencial vs. domiciliario: priorizar mantener a la persona en su entorno si las condiciones de apoyo permiten una vida digna y segura.

    Objetivos profesionales prioritarios

    • Mantener el máximo nivel de autonomía posible mediante rehabilitación y entrenamiento en habilidades residuales.

    • Prevenir complicaciones secundarias (úlceras por presión, caídas, deterioro muscular).

    • Asegurar la calidad de los apoyos: técnica de movilizaciones, adherencia terapéutica, control de dolor y confort.

    Servicios y prestaciones habituales

    • Servicios de ayuda a domicilio con atención diaria, teleasistencia avanzada, prestaciones para adaptaciones domésticas (instalación de barras, grúas), ayudas técnicas (ortesis, grúas, sillones adaptados), y, si procede, prestaciones económicas para cuidadores.

    • Apoyo psicológico para la persona y la familia para gestionar el estrés del cuidado y la pérdida funcional.

    Consideraciones éticas y de derechos

    • Preservar la autonomía decisional: implicar a la persona en decisiones sobre su vida (horarios de ayuda, preferencias personales).

    • Evitar paternalismos: la ayuda no debe convertir en pasiva a la persona; debe facilitar elección y dignidad.

    Indicadores de evolución y revisión

    • Reevaluaciones periódicas del PAI: revisar frecuencias, ajustar recursos, valorar si se precisa pasar a intervenciones de mayor intensidad o, por el contrario, si la persona recupera capacidades.


    Grado III — Gran dependencia (apoyos constantes, generalizados y/o intensivos)

    Qué significa en la vida diaria

    • La persona requiere ayuda continua y en muchas ocasiones dependiente de terceros para la mayoría o la totalidad de las actividades básicas. Puede existir pérdida severa de movilidad, capacidades cognitivas o sensoriales que imposibilitan la realización autónoma de la vida diaria.

    • Es frecuente la necesidad de apoyo 24 horas para garantizar la seguridad, el mantenimiento de la higiene, la nutrición y la prevención de complicaciones médicas.

    Necesidades típicas y ejemplos

    • Apoyos constantes: movilidad asistida permanente, alimentación asistida, cuidados complejos (cambios posturales cada ciertas horas, manejo de sondas, ventilación asistida en casos muy graves).

    • Apoyo en la toma de decisiones frecuentes y en situaciones de crisis: la persona puede precisar representantes o apoyos sustitutivos según capacidad jurídica, siempre respetando la voluntad y preferencias cuando sea posible.

    • Ejemplo: una persona con deterioro cognitivo avanzado o con dependencia física total que necesita ayuda para la higiene, alimentación, movilización y vigilancia permanente.

    Implicaciones para la intervención profesional

    • Atención integral y continua que combina cuidados sanitarios y sociales: coordinación estrecha con servicios sanitarios (atención primaria, especialistas), equipos de cuidados paliativos si procede, personal de enfermería, auxiliares y trabajadores sociales.

    • Elaboración de planes de cuidado detallados que incluyan gestión del dolor, prevención de úlceras, cuidados respiratorios, aspectos nutricionales y planificación anticipada de decisiones.

    • Evaluación de la carga familiar y alternativas de cuidado (respiro, plazas residenciales, centros de día con alta intensidad) para evitar colapsos en el entorno informal.

    Objetivos profesionales prioritarios

    • Garantizar la dignidad, confort y seguridad del usuario.

    • Minimizar el sufrimiento y las complicaciones físicas mediante cuidados preventivos y específicos.

    • Proveer apoyo emocional y psicossocial a la familia y al cuidador principal.

    Servicios y prestaciones habituales

    • Altas prestaciones: plazas residenciales si el mantenimiento domiciliario no es viable, cuidados domiciliarios intensivos, telemonitorización avanzada, servicios de enfermería domiciliaria, equipos de atención continuada.

    • Prestaciones económicas por cuidados de larga duración y programas de soporte para cuidadores profesionales.

    Consideraciones éticas y legales

    • Protección de derechos y toma de decisiones: en gran dependencia puede requerirse un especial cuidado en la defensa de la autonomía residual, la evaluación de capacidad y, si procede, medidas de apoyo para la toma de decisiones.

    • Planificación anticipada de decisiones y documentos de voluntades anticipadas son recursos relevantes para respetar la dignidad del usuario.

    Riesgos y recomendaciones clave

    • Riesgo elevado de institucionalización si no hay apoyos adecuados. El objetivo profesional es diseñar respuestas que respeten la vida en el entorno habitual cuando sea posible y salvaguarden la calidad de vida.

    • Atención especial a la prevención del agotamiento del cuidador: programas de respiro, intervenciones psicológicas y apoyo profesional.


    Aspectos comunes a los tres grados y cómo articular la intervención profesional

    Valoración inicial y reevaluación periódica

    • La precisión en la valoración es clave: una evaluación multidimensional (física, cognitiva, emocional, social y ambiental) permite asignar adecuadamente el grado y los apoyos.

    • Es esencial establecer mecanismos de reevaluación regulares o ante cualquier cambio relevante (hospitalización, caída, pérdida de red social).

    Personalización y enfoque centrado en la persona

    • Independientemente del grado, la intervención debe ser personalizada: identificar deseos, rutinas y proyectos de vida, respetando la autodeterminación y priorizando objetivos significativos para la persona.

    Coordinación interinstitucional y trabajo en red

    • La gestión eficaz requiere coordinación entre servicios sociales, sanitarios, ONG, recursos comunitarios y la propia familia. El profesional de integración social actúa como mediador y coordinador para articular recursos.

    Prevención y rehabilitación como ejes transversales

    • Muchas intervenciones en Grado I y II pueden retrasar o evitar progresiones hacia grados superiores. Programas de ejercicio, estimulación cognitiva, terapia ocupacional y adaptación del entorno son inversiones a medio-largo plazo.

    Documentación, planificación y consentimiento

    • Mantener documentación actualizada (planes de atención, consentimientos, registros de intervención) facilita continuidad y calidad.

    • Respetar siempre el consentimiento informado y registrar las decisiones del usuario.

    Evaluación de la calidad y resultados

    • Medir resultados: nivel de satisfacción del usuario, mantenimiento o mejora de capacidades funcionales, reducción de hospitalizaciones y calidad de vida son indicadores a considerar.


    Pequeños casos ilustrativos (para clarificar)

    1. Grado I (moderada): María, 72 años, vive sola. Tiene artrosis que le dificulta la marcha y necesita ayuda para las compras y apoyo para preparar comidas algunas veces por semana. Tiene apoyo familiar puntual y teleasistencia. Intervención: terapia ocupacional para conservar movilidad, plan de ejercicios y pequeña adaptación en su baño. Objetivo: evitar progresión y mantener vida comunitaria.

    2. Grado II (severa): Juan, 58 años, con secuelas de un ictus. Requiere ayuda para el aseo, vestirse y movilización en casa varias veces al día. Intervención: PAI con fisioterapia, asistencia domiciliaria diaria, adaptación del hogar y formación a los cuidadores. Objetivo: recuperar funcionalidades y reducir complicaciones.

    3. Grado III (gran dependencia): Carmen, 84 años, con demencia avanzada. Necesita apoyo 24 h para la alimentación, higiene y movilización. Intervención: cuidados integrales con enfermería, valorar plaza residencial o atención domiciliaria intensiva, apoyo a la familia y planificación anticipada. Objetivo: asegurar bienestar, dignidad y apoyo a cuidadores.


  • Habilidades de autonomía personal y social – Joel Rosier Del Aguila

    La promoción de la autonomía personal y social constituye uno de los ejes centrales de muchas actuaciones, especialmente cuando se trabaja con personas en situación de dependencia, discapacidad o vulnerabilidad social. El grafico analizado plantea un modelo integral que combina prevención, desarrollo de habilidades, análisis del entorno y un marco legal que garantiza derechos y apoyos. Este enfoque no entiende la autonomía como un estado absoluto, sino como un proceso dinámico, condicionado por factores personales, sociales y ambientales, en el que la intervención profesional tiene un papel clave.

    El punto de partida del esquema es la prevención, entendida en sus tres niveles: primaria, secundaria y terciaria. La prevención primaria se orienta a promover la salud y evitar la aparición de situaciones de dependencia mediante hábitos saludables, educación y entornos inclusivos. La secundaria actúa cuando ya existe un riesgo o una dificultad incipiente, buscando evitar su agravamiento. La terciaria, por su parte, se centra en la rehabilitación, compensación y apoyo cuando la dependencia ya está presente (1). En el ámbito de la integración social, esta clasificación resulta especialmente útil porque permite planificar intervenciones ajustadas al momento vital de la persona, evitando respuestas exclusivamente asistenciales y apostando por la anticipación y la promoción de capacidades.

    En este marco preventivo se sitúa el concepto de conducta adaptativa, que actúa como eje vertebrador del modelo. La conducta adaptativa hace referencia al conjunto de habilidades que permiten a una persona desenvolverse eficazmente en su entorno cotidiano, respondiendo a las demandas sociales, personales y prácticas de la vida diaria. No se trata únicamente de saber hacer, sino de saber cuándo, cómo y por qué hacerlo. La conducta adaptativa integra dimensiones conceptuales, sociales y prácticas, y su nivel determina en gran medida el grado de autonomía funcional de una persona (2). Desde la práctica profesional, trabajar la conducta adaptativa supone intervenir tanto en habilidades concretas como en contextos y apoyos.

    Dentro de esta conducta adaptativa se diferencian claramente las habilidades de autonomía personal (HAP) y las habilidades de autonomía social (HAS). Las HAP se relacionan con el autocuidado y la gestión básica de la vida cotidiana. Incluyen actividades como la higiene personal, el vestido, la alimentación, la movilidad funcional o el control de la salud. Estas habilidades permiten a la persona cuidar de sí misma y mantener un nivel básico de bienestar físico y personal. En el esquema, estas habilidades se vinculan directamente con las actividades básicas de la vida diaria (ABVD), consideradas el núcleo mínimo de la autonomía personal.

    Las ABVD representan aquellas tareas imprescindibles para la supervivencia diaria. Cuando una persona no puede realizarlas de manera independiente, se genera una necesidad clara de apoyo. Sin embargo, el modelo no se detiene ahí y amplía la mirada hacia las actividades instrumentales de la vida diaria (AIVD), que implican una mayor complejidad cognitiva y organizativa. Estas actividades incluyen la gestión del hogar, el uso del dinero, la compra, el transporte, la preparación de alimentos o la gestión de citas y trámites. Aunque no siempre son vitales de forma inmediata, son esenciales para vivir de manera autónoma en la comunidad (3).

    Más allá de estas, el esquema incorpora las actividades avanzadas de la vida diaria (AAVD), que se relacionan con la participación social plena y el desarrollo personal. Aquí se incluyen el acceso al empleo, la formación, el ocio, la participación comunitaria y las relaciones sociales significativas. Estas actividades no solo mejoran la calidad de vida, sino que refuerzan la identidad personal, el sentido de pertenencia y la inclusión social. Desde la integración social, trabajar las AAVD supone apostar por un modelo de ciudadanía activa, no limitado a la mera asistencia.

    En paralelo a las HAP, las habilidades de autonomía social (HAS) adquieren un peso fundamental. Estas habilidades engloban la capacidad de comunicarse de forma efectiva, establecer relaciones interpersonales, respetar normas sociales, resolver conflictos y participar en la vida social. La autonomía social no puede entenderse sin la capacidad de interacción, ya que la vida en comunidad exige habilidades relacionales. Una persona puede tener un buen nivel de autocuidado, pero si carece de habilidades sociales, su inclusión se verá seriamente limitada. Por ello, el esquema vincula directamente las HAS con la capacidad comunicativa y relacional.

    El documento introduce también el concepto de autonomía como resultado de la interacción entre lo personal y lo social. La autonomía no se define como independencia absoluta, sino como la capacidad de la persona para controlar y dirigir su propia vida, con los apoyos necesarios. Esta visión es especialmente relevante en el ámbito de la dependencia, ya que rompe con el falso binomio autonomía-dependencia y permite entender que una persona puede ser dependiente en algunos ámbitos y autónoma en otros.

    En este sentido, el esquema incorpora los grados de dependencia, diferenciando entre dependencia moderada (Grado I), severa (Grado II) y gran dependencia (Grado III). Esta clasificación no solo responde a un criterio administrativo, sino que refleja distintos niveles de necesidad de apoyo. La dependencia moderada suele implicar apoyos intermitentes, la severa apoyos frecuentes y la gran dependencia apoyos constantes y generalizados. Para el profesional de la integración social, esta gradación es fundamental, ya que orienta la intensidad, frecuencia y tipo de intervención (4).

    Para mas información LEER

    Grados de dependencia – Joel Rosier Del Aguila

    Un elemento especialmente relevante del esquema es la inclusión de los apoyos como variable moduladora de la dependencia. El apoyo no se presenta como algo negativo, sino como un recurso que puede facilitar la autonomía. Apoyos intermitentes, variables o constantes pueden marcar la diferencia entre una situación de exclusión y una de participación activa. Esta perspectiva coincide con los modelos actuales de apoyo centrados en la persona, que priorizan la adaptación del entorno frente a la sobreprotección.

    También es importante la importancia de las barreras y facilitadores, tanto ambientales como personales. Las barreras arquitectónicas, comunicativas y actitudinales limitan gravemente la autonomía, incluso en personas con un buen nivel de habilidades. Escaleras, falta de señalización accesible, entornos digitales no adaptados o actitudes discriminatorias son ejemplos claros de obstáculos que incrementan la dependencia. Frente a ellas, los facilitadores —como entornos accesibles, ayudas técnicas, apoyos profesionales y redes sociales— potencian la autonomía y reducen la necesidad de asistencia directa (5).

    En el plano conceptual, el esquema recoge tres ideas clave: autonomía, dependencia y autodeterminación. La autodeterminación se refiere al derecho de la persona a tomar decisiones sobre su propia vida, incluso cuando necesita apoyos. Este principio es fundamental desde una perspectiva ética y profesional, ya que sitúa a la persona como sujeto activo y no como objeto de intervención. Respetar la autodeterminación implica escuchar, informar, acompañar y aceptar decisiones, siempre que sea posible, desde un enfoque de apoyo y no de sustitución.

    Todo este entramado conceptual se sustenta en un marco legal claro, encabezado por la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia. Esta ley reconoce la dependencia como un derecho subjetivo y crea el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD), garantizando una cobertura homogénea en todo el territorio español. El SAAD articula servicios y prestaciones, establece niveles de protección y define mecanismos de cooperación entre el Estado y las comunidades autónomas (6).

    El esquema incorpora además la relación entre derechos y deberes. Las personas en situación de dependencia tienen derecho a recibir atención adecuada, información, respeto a su dignidad y participación en las decisiones que les afectan. Al mismo tiempo, existen deberes vinculados al uso responsable de los recursos, la colaboración en los procesos de valoración y la comunicación de cambios en su situación. Esta relación derechos-deberes refuerza la idea de ciudadanía activa y responsable.


    Reflexión personal y justificación profesional

    Como integrador social, considero que este modelo de promoción de la autonomía es especialmente valioso porque ofrece una visión equilibrada entre apoyo y emancipación. Desde un marco teórico, se alinea con los modelos de calidad de vida, apoyo centrado en la persona y enfoque biopsicosocial, que entienden la discapacidad y la dependencia no solo como una condición individual, sino como el resultado de la interacción con el entorno (7).

    Desde el punto de vista legal, la Ley 39/2006 proporciona un respaldo imprescindible a la intervención profesional. No solo legitima nuestro trabajo, sino que obliga a orientar la intervención hacia la promoción de la autonomía y no únicamente hacia la atención asistencial. Esto es especialmente relevante en un contexto en el que el riesgo de cronificar la dependencia sigue siendo alto si no se trabaja desde la prevención y el desarrollo de habilidades.

    A nivel profesional, considero fundamentales varios elementos del esquema. En primer lugar, la distinción entre ABVD, AIVD y AAVD, porque permite diseñar intervenciones progresivas y realistas. En segundo lugar, la centralidad de las habilidades sociales, a menudo infravaloradas frente al autocuidado, pero clave para la inclusión real. Y, por último, la importancia de los apoyos y del entorno, ya que he comprobado que muchas situaciones de dependencia se agravan más por barreras externas que por limitaciones personales.

    Este enfoque refuerza mi convicción de que la integración social no consiste solo en asistir, sino en acompañar procesos de autonomía, respetando la dignidad, la autodeterminación y el proyecto vital de cada persona. Promover la autonomía personal y social es, en definitiva, una forma de justicia social y un compromiso ético con una sociedad más inclusiva.


    Referencias

    (1) Organización Mundial de la Salud. Prevención y promoción de la salud.
    (2) AAIDD. Conducta adaptativa y discapacidad intelectual.
    (3) Discapnet. Actividades de la vida diaria.
    (4) Fundación Querer. Grados de dependencia.
    (5) Estudios sobre accesibilidad universal y barreras arquitectónicas.
    (6) Boletín Oficial del Estado. Ley 39/2006, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia.
    (7) Schalock, R. et al. Modelo de calidad de vida y apoyos.

  • Real Decreto 86/2025 – Análisis – Joel Rosier

    El texto que recoge el Real Decreto 86/2025 se enmarca en una preocupación central: cómo garantizar que las personas adultas, especialmente aquellas con trayectorias educativas incompletas o irregulares, puedan desarrollar, demostrar y hacer valer las competencias básicas necesarias para participar plenamente en la sociedad y en el mercado laboral actual.

    Esta claro que vivimos en un contexto de cambios rápidos, tanto productivos como tecnológicos, que exigen niveles más altos de cualificación y una capacidad constante de adaptación. En este escenario, aprender a lo largo de la vida deja de ser una opción y pasa a ser una necesidad vinculada a la igualdad de oportunidades.

    El conjunto del real decreto ponen el foco en tres competencias consideradas básicas a nivel europeo: la comunicativa, la matemática y la digital.

    El texto subraya que un bajo nivel en estas competencias tiene efectos negativos tanto para las personas …limitando su empleabilidad, su autonomía y su participación social. Se plantea como un reto clave no solo su desarrollo, sino también su evaluación y acreditación, incluso cuando se han adquirido fuera de la educación formal.

    El artículo 2 establece un procedimiento entendido como un proceso completo de identificación, evaluación y certificación de competencias básicas adquiridas fuera del sistema educativo formal. Define tres competencias evaluables —comunicativa en castellano, matemática y digital— en términos funcionales y aplicables a la vida adulta. Introduce el Marco de Referencia como herramienta técnica para evaluar y graduar estas competencias mediante dominios y niveles, permitiendo reconocer distintos grados de competencia y orientar la formación posterior.

    El artículo 3 concreta a las personas destinatarias: adultos mayores de 18 años sin los requisitos académicos de acceso a la Formación Profesional. El procedimiento actúa como vía de acceso al sistema formativo. Se exige situación administrativa regular, aunque se prevén procedimientos específicos para personas extranjeras en situación irregular, con prioridad a colectivos vulnerables o sectores estratégicos. Se vincula además con la FP modular para personas con dificultades de inserción laboral.

    El artículo 4 fija como finalidad principal reconocer formalmente competencias ya adquiridas para facilitar el acceso a itinerarios formativos y mejorar la empleabilidad, conectando aprendizaje formal, no formal y experiencia laboral.

    El artículo 5 regula el funcionamiento: el procedimiento debe ser gratuito, accesible y adaptable a la persona, garantizar la igualdad de oportunidades y la protección de datos, y basarse en la coordinación administrativa y la colaboración con entidades sociales.